Cuando conocí a Carlos, la Orquesta Filarmónica de Colima no era más que una idea, de esas que suenan bien en papel, pero que parecen difíciles de materializar en la realidad. Había entusiasmo, sí, pero también había dudas, naturales, incluso necesarias, en un entorno donde los proyectos culturales suelen enfrentarse a más obstáculos que facilidades.

Carlos, sin embargo, nunca compartió esas dudas.

Desde el inicio hablaba de la orquesta no como una posibilidad, sino como un hecho y esa diferencia, que en su momento parecía menor, terminó siendo determinante.

Esa determinación es una muestra de las cualidades que le han llevado a ser hoy, y lo escribo con toda sinceridad, un perfil referente en el ámbito cultural del estado, alguien que vale la pena reconocer por su entrega y su arte.

Hay una forma particular en la que Carlos entiende la música. No es para él algo que se ejecuta y se escucha, sino algo que se vive. Se nota en la manera en que dirige, en cómo cuida los momentos, en cómo construye cada concierto como una experiencia completa. 

Esa visión es la que hemos buscado plantar en las páginas que vienen. Por eso nos emociona que este mes protagonice nuestra portada, pues el trabajo que hemos realizado en equipo, desde Decisión, ha sido gratificante y especial. Nos gusta apoyar a la Filarmónica, y a personas como Carlos, pues tienen frente a ellos una misión clara: Aportar a Colima.

Carlos ha demostrado que el problema en nuestro estado nunca fue el público. Que lo que hacía falta era un proyecto capaz de hablarle, de incluirlo, de hacerlo parte. No es un logro menor.

Por eso, hoy escribimos sobre Carlos Virgilio Mendoza no solo en su calidad de músico. Escribimos de su proceso, de su trayectoria, de su historia y guardamos la esperanza, que leyendo todo lo anterior, puedan descubrir una parte de su persona.

Una visión que impulsa el arte

Hay una idea que se ha repetido durante años en Colima: que el interés por la cultura es limitado, que el esfuerzo artístico no encuentra eco, que los grandes proyectos están destinados a surgir en otros lugares, no aquí. Nunca aquí. 

Es una idea cómoda. Explica la ausencia. Justifica la falta de ambición y sobre todo, exonera a quienes prefieren no intentarlo. Sin embargo, como muchas ideas que se repiten demasiado, no necesariamente es cierta.

Carlos Virgilio Mendoza Acevedo, compositor y director de orquesta colimense, posee una trayectoria que no solo desmiente esa creencia, sino que propone algo más complejo: que el problema nunca ha sido el público, sino la falta de proyectos capaces de convocarlo.

Carlos no proviene de una familia de músicos profesionales. Su acercamiento a la música fue, en buena medida, una decisión personal. Una vocación que se construyó más por convicción que por inercia. Desde etapas tempranas mostró interés por la composición, particularmente en el ámbito cinematográfico, en donde la música funciona como acompañamiento narrativo. Es decir, la música como herramienta para contar historias.

Su formación da cuenta de ese interés. Inició en el Instituto Universitario de Bellas Artes y posteriormente continuó sus estudios en el Berklee College of Music, una de las instituciones más reconocidas a nivel mundial en formación musical contemporánea. Ahí se especializó en composición para cine, televisión y medios audiovisuales, consolidando un lenguaje que combina técnica, sensibilidad y comprensión narrativa.

Antes de convertirse en una figura visible en el ámbito cultural del estado, Carlos ya había construido una trayectoria sólida en el cine, participando como compositor en más de veinticinco producciones, entre las que destacan El ocaso de Juan y Una canción para María. La primera, además, obtuvo el Premio Ariel al Mejor Cortometraje de Ficción, lo que posiciona su trabajo dentro de un circuito competitivo y exigente. De nuevo, la suya, no es cualquier trayectoria.

Una mente ocupada

Limitar su trayectoria al cine sería incompleto, especialmente porque dejaríamos fuera su proyecto de vida.

El punto de inflexión en su carrera (y, si me permito decirlo, en buena medida en el panorama cultural reciente de Colima) ocurre en 2019, con la fundación de la Orquesta Filarmónica de Colima. Lo que en ese momento parecía una aspiración difícil, incluso improbable, se ha convertido en uno de los proyectos culturales más consistentes del estado en los últimos años.

No es menor el contexto en el que surge. La orquesta no nace desde una estructura institucional sólida, ni como parte de una política pública de gran escala. Surge desde la iniciativa individual, sostenida por el respaldo del público y el apoyo de la empresa privada. Es, en ese sentido, un proyecto que se construye enfrentando limitaciones que, en muchos casos, habrían sido suficientes para detenerlo.

Sin embargo, no se detuvo.

Desde su primer concierto en 2021, la Filarmónica ha construido una programación constante, con propuestas que van desde el repertorio clásico —como la Novena de Beethoven o el Réquiem de Mozart— hasta proyectos conceptuales que han redefinido la manera en que se vive la música en el estado.

Entre estos, destaca Rapsodia Mexicana, una obra concebida y dirigida por el propio Carlos, que fusiona la orquesta sinfónica con el mariachi, el canto coral y elementos visuales. 

La visión que Carlos ha impreso en la Filarmónica responde a una comprensión clara de lo que implica hacer cultura en un entorno como el nuestro, entendiendo que para que la cultura sea sostenible como proyecto privado en Colima, los modelos que la sostienen deben ser reinterpretados, adaptados, que dialoguen con la identidad local.

En esa misma línea se inscriben proyectos como Cinema Sinfónico, donde la música de cine se convierte en puente entre públicos, o la Gala Navideña, que integra música, danza y emprendimiento en una experiencia más amplia. En todos ellos hay un elemento común: la búsqueda de una experiencia integral.

Esa es, quizá, una de las características más distintivas de su trabajo.

Carlos busca dirigir momentos. Entiende la música como narrativa, como atmósfera, y como vínculo. Y esa visión, que proviene en buena medida de su formación en cine, le permite construir conciertos que trascienden el formato tradicional.

El impulso a nuevos talentos

Más allá de lo artístico, hay un elemento que vuelve particularmente relevante su figura.

Carlos ha construido, en su carrera, una plataforma. La Filarmónica de Colima se ha vuelto un espacio donde convergen artistas, públicos, iniciativas privadas y proyectos culturales, y eso, en una ciudad como Colima, tiene implicaciones profundas.

Durante años se ha discutido el papel de la cultura en el desarrollo social y económico de las ciudades. Se habla de identidad, de cohesión, de calidad de vida, pero pocas veces se materializa en proyectos concretos que logren sostenerse en el tiempo.

La Filarmónica es uno de esos casos.

Ha logrado convocar a cientos de personas en cada presentación, generar interés, construir comunidad. Ha demostrado que existe un público dispuesto, que hay una demanda real por experiencias culturales de calidad. Y, sobre todo, ha evidenciado que el talento local no solo existe, sino que puede liderar proyectos de alto nivel.

Por eso es relevante hablar de Carlos Virgilio Mendoza.

No solo por su trayectoria, ni por sus logros individuales, sino por lo que representa, por esa forma distinta de entender el desarrollo cultural y sobre todo, por la decisión constante de intentarlo en nuestro estado.

Más allá de las obras, los conciertos o los reconocimientos, lo que Carlos ha construido es una idea en movimiento. Una idea que demuestra que la cultura no es un lujo ni un añadido, sino una parte esencial de la vida pública y que, cuando se trabaja con convicción, puede convertirse en uno de los motores más potentes de una comunidad.